EUPMT

sábado, 29 de diciembre de 2007

Capítulo 1. ¿Quién detiene las llamas?

Las llamas subían y se expandían lentamente, deleitadas por la destrucción. Los árboles aceptaban resignados sus abrazos y caricias silenciosas. El bosque crecía a la luz del fuego, tapando la noche. Justo cuando el crepitar empezaba a oírse, comenzó el dolor.

Despertó con un respingo. Gotas de sudor frío le recorrían la frente y la espalda, que le dolía como tras un ejercicio muy intenso. Una sensación desagradable, de desconcierto, la hizo permanecer inmóvil un buen rato. No era por el sueño que acababa de tener. Esas imágenes se habían ido repitiendo a lo largo de sus noches durante varios años. Fue en aquel último instante de sueño, en el umbral de la consciencia, cuando le había parecido notar una presencia, algo desconocido... El último rastro de esa sensación escapó en cuanto la puerta del cobertizo se abrió y la dueña de la granja entró con su mal humor habitual.
-¡Arriba, vamos, que hace rato que ha amanecido! Los demás ya están en el campo… tú también tendrías que estar trabajando… – refunfuñó mientras cargaba varios leños bajo sus enormes brazos y se iba. Sin que las palabras de la granjera alteraran su ritmo, recogió sus pocas pertenencias: el cinturón, la pequeña bolsa de tela donde guardaba sobras de comida, plantas supuestamente medicinales y ocasionalmente alguna que otra moneda, se colgó a la espalda la vieja espada envainada y se dirigió a la granja. Notó que recién el sol empezaba a asomar tras las colinas.
La mujer siguió con lo que hacía cuando ella entró en la cocina. Al verla de reojo con la espada al hombro soltó un resoplido.
- Eso, lárgate… Pero no esperes que te dé nada más, ya os pagué la semana pasada.
Mientras la granjera continuaba farfullando entre dientes, ella abandonó la cocina, no sin antes permitirse deslizar un pedazo de pan en su bolsa.
Un niño sentado sobre una valla de la granja observaba ausente los juegos de unos patos en el río. La muchacha se detuvo al llegar a su lado. Observó también a los animales mientras estos lavaban sus plumas con esmero.
- Ahora… ¿hacia dónde debería ir? – Pareció hablar para sí misma, sin desprender la vista del agua. Al girarse hacia el niño encontró la mirada de éste, que tras unos instantes dirigió la vista de nuevo a los patos, los cuales se alejaban por el río. Ella sacó de su bolsa el pedazo de pan recién “adquirido” y empezó a seguir el curso del río mientras su mente volvía a la difícil tarea de recuperar esa extraña sensación que la mañana le había arrebatado.

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